21 octubre 2011

Para ti mi última página



Empecé este blog curada de espantos pasados y ya viviendo desde hacía un año una preciosa relación de pareja, la más serena, saludable y sólida de las que había tenido hasta entonces.

Mi primera referencia a ella fue cuando me llamó Churri, por primera y última vez: ella marcando su territorio como una loba, pero con ese carácter suyo firme y calmado que solo podía arrancarme ternura y sonrisas.

Dentro de aquel pijama rosa estaba esa mujer a la que quería como no había querido a nadie hasta entonces, justo porque también ella me quería y me hacía feliz, porque no había nada que temer, ni nada que fingir, ni nada que ocultar, porque estaba presente en cada minuto de mi vida sin invadir mi burbuja vital, codo con codo las dos para crecer juntas y hacer frente a los problemas cotidianos, los fáciles y los difíciles. Ella decía que por fin podía ser ella misma, sin limitaciones. Yo era yo misma también, libre a su lado y con esa apertura a la vida -a mis hijas, a mis padres, a mi trabajo, a la luz del día, a las noches, a la gente, al sol o a la lluvia- que viene de regalo extra cuando vives en paz.

Por mi cumpleaños de 2008 me hizo un curioso regalo 'provisional' que mostré orgullosa en la palma de mi mano sin precisar el significado que las dos conocíamos muy bien. Lo pensé y lo dije: 'es un regalo realmente fabuloso'.

Pasaron meses y yo actualizaba continuamente mi blog. Aunque su nombre no apareciera en las entradas, mi 'fertilidad' escritora era indicativa de que me sentía bien, muy bien. Nunca arrugó la nariz ante ninguno de mis escritos, que siempre leía. Los comentábamos -cómplices- antes, durante o después. Escribía libremente porque nunca temí que una palabra o una idea mía le pudieran parecer inadecuadas o la hicieran sentirse ni excluida de mi día a día ni herida por alusión.  Nadie se imagina el alivio que se siente cuando podemos caminar de la mano con los cuatro pies descalzos y apoyados en la tierra, en lugar de ir con miedo, de puntillas por la vida para no despertar quién sabe qué monstruos de la otra.

Un olor a lluvia nos acompañó, como aquel primer día, cuando habían pasado ya nada menos que dos años de amor, de amistad, de complicidad, de ternura, de sonrisas, de respeto, de serenidad compartida. Dos años en los que escribí libros de noche sin miedo a reproches, porque ella me sabía a su lado, velando su sueño. No había ni podía haber nadie más que ella en mis noches ni en mis días, y al mismo tiempo me cabía el mundo entero, porque nos teníamos de la mano.

Pasamos juntas un 2010 muy difícil: la muerte accidental de su padre, la presencia -casi insufrible para ella- de su madre durante meses en nuestra casa, su desempleo, la deslealtad de un par de personas a las que les habíamos dado lo mejor de nosotras sin esperar nada a cambio y mucho menos puñaladas traperas. Pero en todo, también en lo malo, estuvimos unidas sin quiebra.

Agotadas, sin tiempo para preparativos ni invitaciones, nos casamos en mayo. A tiro pasado creo que no fue el mejor momento para hacerlo, pero ya lo habíamos aplazado durante casi un año y los papeles caducaban. Ella quería que nos casáramos. Yo no. No porque no la quisiera con toda el alma, sino porque estábamos cansadas y eso o lo que fuese me daba mala espina. Unos meses antes hicimos el viaje de bodas, porque era cuando se iba a poder hacer. Un precioso viaje a Venecia y Croacia (aquí uno de los días relatados, que son muchos durante julio de 2009) que disfrutamos a pleno pulmón durante muchos días, un peculiar viaje de bodas por cuanto que nos acompañó mi hija menor y la niña extra, que nos habían dejado en custodia justo durante los días en que teníamos previsto viajar: ¡pues nada, nos la llevamos! Las dos a una, como siempre.

Hemos pasado muchas aventuras, siempre nos hemos reído, con ella es fácil reír, como cuando íbamos "desarmadas hasta los dientes" o cuando ella comía patatas fritas mientras yo perseguía mi coche por la autovía. Siempre juntas, siempre a gusto, siempre confiadas, siempre sin miedo...

Y de pronto un día de la pasada primavera ella ya no estaba y algo se rompió, lo primero mi alma y después todo lo demás. Un derrumbe tan por sorpresa que no me dio tiempo a reaccionar para protegerme. Aún trato de recomponer las piezas del puzzle de mí misma, torpemente a veces.

Hoy es un día especial en el que hemos firmado otros papeles, un día de finales y principios. Un libro que se termina y otro nuevo por escribir. Y para ti es la última página de este libro, de este blog. Gracias por tanta felicidad que me diste, por gustarte mis comidas y mis bromas, lo que escribo, como soy, por haber sabido hablarme y escucharme sin prisas y con el corazón, por haberme regalado tus sonrisas y tu tiempo y por haberme dejado hacerte feliz a ti también.


Para Eva

Del amor y sus efectos secundarios adversos (siguiendo a Kika Fumero)

Me ha gustado mucho la última entrada de Kika Fumero "Por supuesto que puedo hablar. Hablo de mí". Estoy de acuerdo con su tesis sobre la responsabilidad del daño recibido. Pero me he puesto a darle vueltas a la cabeza: mi carácter, mis ideas, mis principios, mi experiencia, tus miedos, sus expectativas, mis decepciones, las tuyas, la tolerancia, la intolerancia, el perdón... y al final me surgen preguntas sobre el tema para las que no hallo respuesta.

Carácter

Básicamente soy confiada, la desconfianza me mantiene con las alertas encendidas y me consume la energía. La confianza en la otra persona hace que me mueva por la relación con el alma desnuda. Yo no podría hacerle daño ni a un ser humano ni a un animal que confía en mí y en consecuencia pienso que nadie me haría daño a mí, y menos la persona ante la que me muestro desprovista de coraza alguna, alguien a quien amo. ¡Craso error! Me lo apunto una vez más, a ver si no se me pierde el papel.

Preguntas

Lo anterior lo tengo claro, aunque no lo tenga en cuenta en la práctica. Pero están esas preguntas sin respuesta que decía antes: ¿Se trata de no pasar ni una? ¿Y eso cómo se hace? ¿Se manda a freír monas al susodicho o susodicha al primer abuso? ¿Se le ponen las peras al cuarto, se le monta el pollo y luego se sigue la relación con el bastón en alto por si las moscas?  Lo de romper de cuajo a la primera de cambio me parece casi inhumano ¿acaso yo no cometo errores? Lo de enseñar los dientes y mantenerse con el bastón en alto requiere demasiado esfuerzo y acaba en un tipo de relación insana. También se podrían enseñar los dientes un tiempo y luego, con la fiera amansada, perdonar y continuar. ¡Ah! pero si perdonas y continúas, dejas el terreno abonado para otro abuso... ¿entonces mejor cortar cuando te hagan daño la segunda vez? La respuesta debería ser NO, por aquello de que "la primera vez que me hiciste daño fue culpa tuya, la segunda fue culpa mía". Esto para mí es física cuántica. Si alguien tiene la receta, que me la pase.

Peligro para la salud,
amores sueltos
Galimatías: los qué, los cómo y los porqué

  • Soy la pareja ideal, de fácil convivencia, de buen carácter, dialogante, cariñosa, comprensiva, generosa, fiable, leal, fiel, (del sexo ni hablo: fantástica)... ¡un chollo! Eso dicen mis parejas mientras lo son y mis exparejas al mucho tiempo. 
  • Durante el tránsito (de pareja a expareja, que es la parte de la historia en que he dejado de ser maravillosa para ser detestable, sin haber llegado de nuevo al grado de maravillosa), se me ha definido de tantas maneras que de hacerles el más mínimo caso me llegarían a confundir: Desde demasiado maternal hasta cruel, pasando por demasiado exigente, demasiado fácil, aburrida, poco sumisa, manipuladora, irrespetuosa, transparente, misteriosa, demasiado sincera... Lo último ha sido mentirosa.
  • Mis parejas, esas a las que les perdoné uno o mil daños, me acabaron dejando a mí, casi siempre cuando me rebelé, aunque no tanto como para haberlas dejado yo antes (cachis!)

Frivolizando por quitarle hierro al tema

Hace poco mantuve un diálogo con una mujer. Fue algo así como:

Ella: ¿Qué quieres saber sobre mi amor?
Yo: Cuánto te dura.
Ella: Horas, días, meses...  ¿Cuánto te dura a ti?
Yo: Siempre, si no me hacen daño.

Lo cierto es que siempre acabo por no amar. Cuestión de daños, cuestión de años. Quizás tendría que revisar mi configuración para reducir mis tiempos a horas, días, meses como mucho... y así ajustarme al estándar mundial vigente. Se sufre menos o nada y se cambia de paisaje a cada poco. 

Conclusión

Casi mejor me quito del amor y luego del tabaco, en orden de peligrosidad. ¿Quién dijo casting? ¡Qué miedín! Pero si se trata de jugar, juguemos. ¡Jirafas! (Es mi asesora lúdica). ¡Ni de broma!

18 octubre 2011

Toma mi verdad y vuela

Quienes me conocen saben que soy agnóstica, aunque en momentos extremos la costumbre o la angustia me hagan rogar a Dios. No obstante, mi educación y la sociedad en la que he crecido me han hecho conocer casi a fondo la religión católica, y también he leído la Biblia que, dicho sea de paso, me parece un libro muy interesante por cuanto que se presta a mi libre interpretación.

“La verdad os hará libres” es una frase muy conocida del Evangelio de San Juan que se utiliza y se ha utilizado con profusión en la historia para obligar a confesar: “La verdad te hará libre”, ergo decir la verdad te liberará de culpa, te salvará de la tortura y te llevará al paraíso. Ya se sabe que catolicismo, sacrificio y martirio van de la mano.

Oída esa frase así tal como está parece indicar que DECIR la verdad me hace libre, pero si lee completa –“conoceréis la verdad  y la verdad os hará libres”- es otro cantar, puesto que significa que es la verdad ajena que nos llega la que nos hace libres y, por extensión, la nuestra hará libres a los demás. No es mi fe la que me ha hecho elegir la frase, sino la oportunidad de usarla y el hecho de que la considero acertada y por tanto la hago mía.

Hay mentiras intrascendentes, que ni pinchan ni cortan en nuestras vidas ni mueven  hacia ningún lado nuestras decisiones. Otras sí. Haber sabido la verdad en aquella ocasión tan lejana en el tiempo me habría hecho tomar un camino muy distinto del que tomé, o tal vez no, pero al menos habría sido consciente de que andaba sobre arenas movedizas y habría tomado precauciones. No fue la primera vez ni supongo que será la última en que me engañan en cuestiones que son trascendentales para mí… o que se me oculta la verdad, que es prácticamente lo mismo cuando se trata de tomar decisiones vitales.

Claro está que decir la verdad queda a tu criterio. Si tu verdad no ha superado “las tres rejas”, entonces ¿para qué decirla? Hay quien sabe sopesar los pros y los contras y considera que decir la verdad le va a reportar admiración o cualquier otro tipo de beneficio presente o futuro. Entonces ¿por qué no decirla? No es un acto heroico pero vale la pena.

Si tu verdad va a hacer libre a alguien pero te va a perjudicar a ti, ¿para qué decirla? ¡Ah! Aquí está el quid de la cuestión… ¿de conciencia?, ¿de valentía?, ¿de heroísmo? Qué más da. Cuando se trata de saberla para elegir mi camino, la prefiero, la exijo. Por lo tanto, te la doy la mía para que tú decidas. Es lo que algunos llaman sincericidio (*) o suicidio por la verdad (o en términos mundanos, gilipollez), un término con connotaciones negativas. Lo confieso: soy una sincericida reincidente. Hoy he vuelto a serlo y no ha sido ninguna metedura de pata -es decir, lo volvería a hacer-. Toma mi verdad como brújula y sé libre… y feliz.
Metedura de pata




(*) Enlaces para leer más sobre el sincericidio

(En la mayoría de ellos se incluye la infidelidad, algo que da para pensar. Parece ser el punto flaco en el que sinceridad se convierte en sincericidio, y en donde la mayoría aboga por el ocultación o la mentira)

22 septiembre 2011

Lo que me enamoraba, me enamora y me enamorará. Introducción

Parto de la base de que lo que me enamora ha ido cambiando a lo largo de los años, desde aquel primer amor mío, Paco, un niño de 5º de primaria cuando yo estaba en 4º y tenía nueve años. Me enamoré de él cuando estábamos en nuestras respectivas filas en el patio antes de entrar en clase y la verdad es que no sé qué es lo que tenía que me gustaba. Cruzábamos miradas todo el rato ¿sería solamente eso? Nunca hablamos. Luego se marchó a Ceuta y yo abría mi atlas y acariciaba aquel punto geográfico como para acariciarlo a él, entretanto y a lo lejos escuchaba los diálogos de la radionovela "Los Miserables", que mi madre ponía a diario, interpretada por Fernando Guillén y Gemma Cuervo. Yo era Cosette y él era Jean Valjean. Después volvió para unas vacaciones de verano, cuando ya teníamos 12 y 13 años, y vino a buscarme a la puerta de mi casa. Salí, lo vi, me dio un respingo el corazón y pasé de largo, roja granate. Esa fue última vez que vi a mi amor platónico.


Después me fui enamorando de la belleza física, siempre de chicos, y poco a poco, con el tiempo fui enamorándome del encanto interior que emanaban algunos hombres, al margen de su belleza física, que podía existir o no, aunque para mí si estaba dentro también la veía por fuera.

De la primera mujer de mi vida me enamoró que se enamorara de mí, así de simple. Era rara como un perro verde, muy guapa y atractiva sí, pero extremadamente complicada, como complicadas eran las posibilidades de todo en aquellos tiempos, casadas ella y yo con nuestros respectivos maridos. Cuando ambas habíamos abandonado casi por completo nuestras vidas anteriores para volcarnos en nuestra relación, para seguir acorde con sus rarezas se despidió una noche de mí con un beso enamorado y se volvió a vivir la seguridad de su matrimonio.

Luego siguieron otros amores, fugaces la mayoría, pocos en general si de verdad los quiero llamar amores. Casi sin darme cuenta fui tejiendo un patrón de cómo tenía que ser esa persona de la que me podría enamorar y ese patrón lo fui perfeccionando, quitándole de aquí y poniéndole allá. Le quitaba lo que en común tenían de negativo -para mí- las personas que ya habían pasado por mi vida, lo que me causaba repulsión, angustia o dolor. Le añadía lo que en común tenían de positivo: la sensualidad, la bondad, la inteligencia, el equilibrio... ¡y la química! Quedaba poca cosa en el mundo que se ajustara a tanto requisito pero por suerte fui dando con la casi perfección... Ya. Sé que nada es perfecto, me consta... y lo sabéis.

P.S. Este post es una aproximación a otro que quizás escriba más adelante (ya no prometo nada, todo depende, depende, depende) y me ha venido sugerido por un correo electrónico que acabo de recibir de una mujer que alimenta mis reflexiones como yo las suyas -a decir de ella- aunque poco tenga que ver el post en sí con el contenido de su carta.

19 septiembre 2011

Tus retazos de mi biografía

Hay una afirmación por ahí, cuya autoría desconozco, que dice que somos como se nos ve desde fuera, como nos vemos desde dentro y como realmente somos. Esto último parece ser lo más difícil de saber y es, justamente, la única verdad. Las dos primeras partes de la afirmación no dejan de ser juicios de valor, y la primera nos define desde una mirada y un contexto distinto al que recordamos: anécdotas, encuentros, lugares, cosas que hicimos o dijimos. Hechos que se habían borrado por completo de nuestra memoria y que ahora recuperamos para rellenar huecos en nuestra biografía de los otros, pero sobre todo para saber quiénes fuimos para esas personas a través de la expresión de sus ojos cuando nos lo están contando.

Con un alumno en el día de las paellas, año 1992.
Foto cedida por mi vieja alumna Angie
Por tierras del norte vive un hombre que fue alumno mío de los 14 a los 18 años y con el que no he perdido el contacto, periódico aunque escaso por la distancia geográfica, hasta el día de hoy cuando andará en torno a los 40. Conserva ejercicios y exámenes suyos que corregí en su día. En uno de ellos, una instancia en papel hoy ya amarillento, que chocaba por exceso de reverencia, le señalo una frase y mediante una flecha escribo al margen ¡Pelotas! Otro, en que le señalé los errores que encontré y que él mismo me devolvió, junto al regalo de una casete de Pink Floyd, para hacerme notar que me había pasado inadvertido un error más, quizás para demostrarme que yo también me equivocaba. Se acuerda de un día en que me presenté en el instituto "con aquel impresionante vestido rojo" -no recuerdo haber tenido nunca un vestido rojo de las características que él señala ¡si yo casi siempre vestía como en la foto lateral!- y que me valió un posterior regalo suyo: el disco de vinilo con la BSO de La mujer de rojo, pero en mi biografía, real o inventada, hoy soy una mujer que un día llevó a clase un impresionante vestido rojo que cautivó a aquel adolescente.


Me gusta encontrar a mis alumnos y alumnas de hace muchos años. La conversación se suele basar en "aquellos tiempos" y juntos reconstruimos nuestras respectivas biografías en base a situaciones y anécdotas que solo uno o unos cuantos recordamos. Fueron en la mayoría de los casos adioses sin pena ni gloria, de esos de "a ver si nos vemos", con la casi seguridad de que poco a poco pasaríamos a la mochila del olvido. Resulta enternecedor saber que pasaron los años y al igual que tú no las olvidaste, tampoco a ti te olvidaron.

Hoy me han llegado otros datos de mi biografía, los que recuerda alguien a quien quise mucho y con quien no tuve contacto alguno durante más de cuatro lustros después de haber acabado aquella relación como el rosario de la aurora. Esos datos me han llegado a través de mi hija mayor a quien se lo ha contado. Le ha recitado de pe a pa -algo que yo misma no habría podido hacer- una poesía mía del año 76. Ha preguntado si sigo escribiendo poesía y mi hija le ha respondido que ahora escribo en un blog. "¡Cómo me gustaba la forma de escribir de tu madre! recuerdo aquella carta que redactó en el 79 a petición de un amigo mío que bla bla... y otra que mandó al periódico para tal y tal..." y narraba frases enteras de unas cartas que yo no tenía ya ni remota idea de haber escrito y me calificaba como una mujer "noble", no precisamente de sangre azul. Y entretanto yo me preguntaba cómo había podido retener en su memoria anécdotas tan precisas y sentimientos de cariño cuando yo pensaba que tras el adiós me odió por siempre jamás.

Hoy lo hablaba con Chris: no importa lo que hagamos si lo hacemos desde la honestidad y el buen corazón, incluso si nuestro comportamiento pudo causar dolor. Con el tiempo cada cosa se pone en su lugar, aunque haya que esperar lustros para que eso ocurra. Lo importante es no esperar con ansiedad, olvidarse de ello y dejar las cosas fluir en el tiempo sin esperar nada, porque al final siempre ocurre, por justicia cósmica o por lo que sea.

Hay momentos especiales en la vida -y ahora es uno de ellos- en los que me sienta muy bien saber que la mayoría de las personas de mi pasado me recuerdan con cariño y respeto, sin importar lo difícil o doloroso que pudiera resultar en su día el adiós, ni sus promesas de odio eterno, ni los años que hayan transcurrido. No sé si es curioso, pero es cierto: a esas personas yo las seguí queriendo aunque por necesidades del guión no me quise permitir decírselo nunca. Es que a veces sobran las palabras y, cuando ha pasado el tiempo suficiente, lo que queda patente es el lenguaje de los hechos.

P.S. No todas las personas de mi pasado se hicieron acreedoras de mi respeto ni de mi cariño de por vida.

12 septiembre 2011

El sofisma del puente

Lady on the Bridge. Julie Lamons
El más imprevisto e inimaginable de los reencuentros estivales supuso un precioso regalo que la vida me volvía a dar: la misma "ella", intensa como la recordaba, más hermosa si cabe de cuanto lo era antes, difícil, dura, tierna, demasiado inteligente, demasiado sensible, vulnerable, inolvidable, leal, entrañable, divertida, sincera, incomprensible, inabarcable, efímera como siempre. Un puente. De puentes y de su significado le hablé a ella y no tuve que explicarle que quería que fuera mi puente para hacer más fácil el tránsito desde el último amor, hacia dónde daba igual: hacia una feliz soledad, hacia otra mujer, hacia mi mujer... La técnica consiste en no enamorarse, prohibido enamorarse durante la operación puente, ni tú de mí, ni yo de ti. ¿Y eso cómo se controla? -me preguntó ella. No es difícil, basta que yo salte al agua o que tú me dejes caer al primer síntoma -le contesté yo. Entonces -siguió preguntando ella- ¿no hay peligro para ninguna de las dos? No, no lo hay -le respondí desde mi más profunda y sincera convicción.

22 agosto 2011

Última crónica de viajes antes del casting

Ahora tocaba la tercera parte del viaje: Granada-Madrid-Asturias-Madrid-Granada, pero ya poco queda por decir después de lo que han contado Marcela, Mármara, Chris y Pena Mexicana (1 y 2). Tentada he estado, pues, de  pasar de las crónicas de viaje y abordar directamente el casting... Pero vayamos por orden.

A mi GPS se le ha ido la cabeza, en él no existe la Plaza de España ni la calle Segovia ni muchas otras que juro que estaban ahí antes de que lo fabricaran. De Madrid solamente tiene la Gran Vía. En nuestra segunda estancia en Madrid, ya de vuelta de Asturias, Pena y Chris tenían que coger el autobús para levante y me pidieron acercarlas a la estación, pero mi GPS nos sacó de la ciudad hacia zonas campestres y desconocidas. Pudimos retomar el camino correcto gracias al móvil última generación de Chris, pero el tiempo se nos había echado encima  ¿perderían el autobús y sería el segundo que Pena iba a perder en una semana? Habría podido ir a velocidad de vértigo, saltarme semáforos, atropellar peatones, pero les dije a las chicas: "No voy más deprisa para no asustaros". ¡Asústanos, Candela, asústanos! gritó Pena, por suerte unos metros antes de ver el letrero Estación Sur, nuestro destino, un minuto antes de la salida de su autobús.

A la ida hacia Avilés, noche cerrada, cuando estábamos a 20 km de Oviedo, el GPS insistió en salir de la autovía y yo le hice caso. Nos llevó por una estrecha carretera de montaña... Subir, subir, subir... pueblitos que parecían desiertos, un abismo que intuíamos a la derecha de la calzada... Bajar, bajar, bajar... Y así 60 km hasta que por fin llegamos ¡a Oviedo! La ilusión que me hizo oír a jadear a Marcela al móvil por la emoción de que nos íbamos a ver enseguida, mientras nos indicaba qué semáforos, iglesias, calles y muros teníamos que estar pasando en cada momento. Así le digo a Pena: fíjate qué emocionada y nerviosa está Marcela, cómo jadea... ¡Es que viene corriendo a buscarnos! me contestó Pena, poco antes de que viéramos a Marcela aparecer corriendo pegando melenazos (rubios)  calle abajo.

La tentación chocolatera viene de Graná, o como sacarse el cepillo de dientes de la boca para meterse un bombón (y luego más) a las 6 de la madrugada.

El trayecto Avilés-Valladolid también nos lo hizo pasar el GPS por caminos de cabras. Varias veces le pedí a Pena Mexicana que comprobara si no estaba programado para hacer recorridos a pie. Pero no.

Si me dijesen qué imágenes se me han quedado grabadas de Asturias y Madrid, contaría muchas, pero las primeras son las de


  • Bilbo emocionado al escuchar el requiem de Mozart;
  • Marcela escribiendo en su agenda C-O-UNA y CELEBRÍA y es que Marcelilla no entiende el andaluz, con lo clarito que se comprende que se trataba del Cedosuna y del Celebrija;
  • las manos de Mármara, sus platos, su risa, su memoria, su simpatía;
  • Mari (latumari, lamimari), inteligente, tierna, honesta, hecha, divertidísima; y su Hastalospelos, que no se queda atrás;
  • las charlas de fumadoras a la puerta de la Nueva Caleya sobre los colchones de viscolástica que no le gustan a Farala porque en las horas de amor-amor te engullen, cosa que no ocurre con los de muelles;
  • el sonido de las gaitas en las fiesta celtas de Avilés, un sonido que nunca me ha gustado y que ese día me pareció precioso hasta hacerme saltar las lagrimillas y confesar ¡coño, soy feliz!;
  • mi "churri", apodo que le puse a Pena después de dormir castamente juntas durante varias noches. "Churri, ya es hora de acostarnos". Lo más morboso de nuestra "acostada" me lo contó Pena pero lo hice en sueños: Me giré hacia ella, le apreté el brazo izquierdo con una mano, le sonreí jiji y le di dos palmaditas en la cara antes de seguir roncando.


Lectura de manos


Pena y yo con Bilbo y Tiza, los perros de Mármara, en el  Niemeyer

La última noche, en Madrid o como dormir cuatro mujeres repartidas en una cama y un sofá-cama-escalera, cómo hacer los repartos mujeres-lechos, cómo disimular ronquidos, risas, charlas y otros ruidos para no molestar a las que no los hacían... O cómo asustarse al escuchar una voz que salía por la claraboya cercana al techo y decía "buenas noches" a las del otro lado, ¿quién aparte de la gata puede hacer eso sin subirse a una silla? No, en este caso no era Marcela, pero otra casi tan alta como ella.

¿Y qué más decir? Una maravilla de viaje que me ha puesto las pilas. Eso sí, volví con muchísimas ojeras de dormir más bien tirando a poco, a pesar de que la risa dicen que es un sustituto del sueño y bien que reímos. Será como lo de que el chocolate es un sustituto del sexo cuando yo lo veo como un maravilloso complemento.

Nota: las fotos y vídeos de este post son de Pena Mexicana