Empecé este blog curada de espantos pasados y ya viviendo desde hacía un año una preciosa relación de pareja, la más serena, saludable y sólida de las que había tenido hasta entonces.
Mi primera referencia a ella fue cuando me llamó Churri, por primera y última vez: ella marcando su territorio como una loba, pero con ese carácter suyo firme y calmado que solo podía arrancarme ternura y sonrisas.
Dentro de aquel pijama rosa estaba esa mujer a la que quería como no había querido a nadie hasta entonces, justo porque también ella me quería y me hacía feliz, porque no había nada que temer, ni nada que fingir, ni nada que ocultar, porque estaba presente en cada minuto de mi vida sin invadir mi burbuja vital, codo con codo las dos para crecer juntas y hacer frente a los problemas cotidianos, los fáciles y los difíciles. Ella decía que por fin podía ser ella misma, sin limitaciones. Yo era yo misma también, libre a su lado y con esa apertura a la vida -a mis hijas, a mis padres, a mi trabajo, a la luz del día, a las noches, a la gente, al sol o a la lluvia- que viene de regalo extra cuando vives en paz.
Por mi cumpleaños de 2008 me hizo un curioso regalo 'provisional' que mostré orgullosa en la palma de mi mano sin precisar el significado que las dos conocíamos muy bien. Lo pensé y lo dije: 'es un regalo realmente fabuloso'.
Pasaron meses y yo actualizaba continuamente mi blog. Aunque su nombre no apareciera en las entradas, mi 'fertilidad' escritora era indicativa de que me sentía bien, muy bien. Nunca arrugó la nariz ante ninguno de mis escritos, que siempre leía. Los comentábamos -cómplices- antes, durante o después. Escribía libremente porque nunca temí que una palabra o una idea mía le pudieran parecer inadecuadas o la hicieran sentirse ni excluida de mi día a día ni herida por alusión. Nadie se imagina el alivio que se siente cuando podemos caminar de la mano con los cuatro pies descalzos y apoyados en la tierra, en lugar de ir con miedo, de puntillas por la vida para no despertar quién sabe qué monstruos de la otra.
Un olor a lluvia nos acompañó, como aquel primer día, cuando habían pasado ya nada menos que dos años de amor, de amistad, de complicidad, de ternura, de sonrisas, de respeto, de serenidad compartida. Dos años en los que escribí libros de noche sin miedo a reproches, porque ella me sabía a su lado, velando su sueño. No había ni podía haber nadie más que ella en mis noches ni en mis días, y al mismo tiempo me cabía el mundo entero, porque nos teníamos de la mano.
Pasamos juntas un 2010 muy difícil: la muerte accidental de su padre, la presencia -casi insufrible para ella- de su madre durante meses en nuestra casa, su desempleo, la deslealtad de un par de personas a las que les habíamos dado lo mejor de nosotras sin esperar nada a cambio y mucho menos puñaladas traperas. Pero en todo, también en lo malo, estuvimos unidas sin quiebra.
Agotadas, sin tiempo para preparativos ni invitaciones, nos casamos en mayo. A tiro pasado creo que no fue el mejor momento para hacerlo, pero ya lo habíamos aplazado durante casi un año y los papeles caducaban. Ella quería que nos casáramos. Yo no. No porque no la quisiera con toda el alma, sino porque estábamos cansadas y eso o lo que fuese me daba mala espina. Unos meses antes hicimos el viaje de bodas, porque era cuando se iba a poder hacer. Un precioso viaje a Venecia y Croacia (aquí uno de los días relatados, que son muchos durante julio de 2009) que disfrutamos a pleno pulmón durante muchos días, un peculiar viaje de bodas por cuanto que nos acompañó mi hija menor y la niña extra, que nos habían dejado en custodia justo durante los días en que teníamos previsto viajar: ¡pues nada, nos la llevamos! Las dos a una, como siempre.
Hemos pasado muchas aventuras, siempre nos hemos reído, con ella es fácil reír, como cuando íbamos "desarmadas hasta los dientes" o cuando ella comía patatas fritas mientras yo perseguía mi coche por la autovía. Siempre juntas, siempre a gusto, siempre confiadas, siempre sin miedo...
Y de pronto un día de la pasada primavera ella ya no estaba y algo se rompió, lo primero mi alma y después todo lo demás. Un derrumbe tan por sorpresa que no me dio tiempo a reaccionar para protegerme. Aún trato de recomponer las piezas del puzzle de mí misma, torpemente a veces.
Hoy es un día especial en el que hemos firmado otros papeles, un día de finales y principios. Un libro que se termina y otro nuevo por escribir. Y para ti es la última página de este libro, de este blog. Gracias por tanta felicidad que me diste, por gustarte mis comidas y mis bromas, lo que escribo, como soy, por haber sabido hablarme y escucharme sin prisas y con el corazón, por haberme regalado tus sonrisas y tu tiempo y por haberme dejado hacerte feliz a ti también.
Para Eva
Para Eva







